sábado, 14 de julio de 2007

EL JARDINERO

Miré desde fuera la tapia de piedras por donde trepaba la hiedra enredada con la flor de la pasión.
¡Cuántos recuerdos me trajeron sus flores ¡ : en mi más tierna infancia había comido, a escondidas, sus dulces pistilos. Eran tan bellas; cuando se abrían, ante mis ojos se extendía un mundo de blancos y violetas, ya que, en aquel entonces, pensaba que las flores eran la esencia de la vida…

Seguramente lo eran: marcaban ritmos y estaciones dentro de los ojos, curiosos y expectantes, de una niña.

Atravesé el portón de madera, era el mismo que había dejado cuarenta años atrás, me daba miedo el silencio y, sobre todo, estar allanando una propiedad privada: los nuevos dueños de “mi jardín secreto” podían molestarse y echarme de allí con cajas destempladas.

Todo mi entorno parecía estar en suspenso: el aire, los pétalos del macizo de margaritas, el dulce olor de las ciruelas claudias.
Me temblaban las manos, y en los ojos un escozor anunciaba lágrimas; los cerré un instante y las voces de los niños llegaron a mi cabeza:
-Hoy serás la princesa india que los malos quieren quemar por traidora.
-Yoooo, pero si no parezco una india, soy pelirroja.
-Entonces la princesa vikinga.
-Yo no soy traidora, -lloriqueé.
-Pero eres niña,-fue la sentencia.


La princesa vikinga, ¡qué hermoso! ;lo que no sabían mis hermanos entonces es que años después violaron y quemaron a su princesa en una pira de despropósitos. Sus restos caminaban ahora por los caminos de grava que delineaban los parterres de dalias, rodeados de pequeños pensamientos de todos los colores.

Las manos de mi padre estaban presentes en cada hoja, su murmullo silencioso seguía latiendo en aquel mundo de vegetales.

Llegué hasta el cerezo, casi centenario, que crecía al borde de la piscina: la mesa circular, de granito marrón, que habían mandado colocar mis padres seguía allí, imperturbable por el tiempo.

Las voces volvieron a sonar en mi cabeza:
-Señorita Mary, ¿les sirvo ya la comida a los niños?
-Si, Conchita, puede usted servirles.
-Yo no quiero, a mí no me gusta, hoy no como…- coreaba un mundo de voces infantiles.
Éramos tan pequeños e ingenuos, que la vida adulta fluía a nuestro alrededor casi sin tocarnos.
Pero filtraba, ella y sus circunstancias, pero nuestras mentes infantiles eran incapaces de llegar a saberlo.


Mary era nuestra institutriz, - la querida seño-; Conchita la doncella, una hermosa extremeña de apenas dieciocho años. Nosotros, una trouppe de ocho chiquillos que no querían aprender a comer verduras recién arrancadas del huerto que Juliana, la cocinera, preparaba con toda la sapiencia de sus manos analfabetas.
Pimientos fritos, cebollas rellenas, calabacines encebollados, judías con tomate…
Juliana era la mujer más sabia de toda la casa y de ella, y con ella, aprendí casi todo lo que sé de las artes culinarias.

Seguí mi camino hasta la rosaleda que mi padre había plantado junto al porche de las palomas; estaba triste, a qué negarlo, la vida se me había escurrido entre los dedos sin que me diera cuenta: yo no era nadie .Mis padres habían muerto, mis hermanos estaban inmersos en sus propias vidas y circunstancias, mis hijos más de lo mismo…
Me había casado y descasado más de dos veces y ahora era una sombra fantasmagórica transitando los caminos de mi misma:¿quién me iba a recordar…?

Una voz me sacó de mis lúgubres pensamientos:
-Señorita Mariló, ¿es usted?, qué alegría volver a verla después de tanto tiempo…

Un anciano, de cerca de ochenta años, podaba los rosales que, en algún lugar del tiempo, mi padre había plantado: era Pepe, el jardinero, lo reconocí al instante.
-¿Me recuerdas aún…?- dudé.
-Sí, ¿cómo podría olvidar a la mariposa más bella que revoloteó por este jardín?

Anoche, Pepe, el jardinero, se fue a podar rosales a otros mundos, por eso, hoy, lo recuerdo…

Lola Bertrand
Este escrito forma parte de mi libro de relatos "Coletas Rojas"

8 comentarios:

Virginia dijo...

Me ha encantado revivir contigo todos esos momentos e imágenes, la mermoria nos salva de muchas cosas y nos permite retomar las vivencias más felices, que de esta manera siempre estan con nosotros. Un abrazo. Virginia

Anónimo dijo...

un relato bello y lleno de sentimientos
besos Eva

Catalina Zentner dijo...

El relato, encantador. Y las fotos, maravillosas.

Manuel Cubero Urbano dijo...

Pues qué quieres qu ete diga, que me encanta cuando te pones a enredar en tus blogs...

Anónimo dijo...

Leerte es un instante mágico.
Saludos Antonio P

Anónimo dijo...

Coletas Rojas es un proyecto que debe terminarse, Lola...Es delicioso. Cati

Anónimo dijo...

Maravilloso relato, Lola
Saludos
Juanchu

Julia del Prado dijo...

Tierno y conmovedor relato, abrazos, Julita